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Los cedros no dejan ver el Líbano

Mayo 19th, 2008 · 1 Comentario

Abel Ruiz de León Trespando. Marjayun. Líbano 

A una velocidad a la que no terminan de acostumbrarse los habitantes del lugar, blindados españoles atraviesan las pequeñas localidades del sur del Líbano. Muchas casas aquí se mantienen en pie aún sobre sus esqueléticos pilares. Las pocas paredes que conservan su verticalidad tienen en la metralla que acumulan la huella de la guerra con Israel. Otras ya han sido reconstruidas por sus propietarios, con la ayuda económica de Hizbulá, una organización con una sólida estructura social y financiera, pero también un grupo armado y terrorista, especialmente para Tel Aviv y Washington.

En este tránsito de vehículos apenas unos niños saludan a los militares. Los menores parecen ser los únicos vecinos conscientes de la presencia española en el país. Entre la comunidad adulta, chií mayoritariamente, la reacción al aparatoso, innecesario y costoso desembarco español en las playas de Tiro, -el más importante de la historia naval de España desde la independencia del Sahara-, es de indiferencia. Los contingentes internacionales que aceptaron una misión y responsabilidad en el país de los cedros llevaron a sus tropas con la normalidad que ofrece el importante puerto marítimo y comercial de Beirut.

España optó por la obscenidad de una operación a plena luz del día, con anfibios esquivando hamacas. Sin protección solar a los ‘flashes’ ni a los taquígrafos. Y así acabaron, quemados ante la opinión pública libanesa, ante sus desbordados gobernantes y su guerrilla chií. Pero sobretodo ante la población civil del sur del país.

Entre los pasillos del ministerio de Defensa y también bajo la tela de lona de alguna tienda de campaña en Líbano, la operación de desembarco que llevó a los soldados españoles por las arenas finas playeras, entre tangas y biquinis, hasta sus posiciones en el sur del país se vendió poco menos que como un histórico logro militar, con una épica similar a la gloriosa toma de un islote de mala muerte en ‘la batalla de Peregil’. Pero en esta ocasión los responsables políticos eran otros. Los mismos perros con diferentes collares. Los mismos dirigentes con distintas corbatas. Las mismas medias verdades de siempre, como en los Balcanes, Afganistán o Iraq. Peor que una mentira.

Desde su llegada a Taibe, donde se establece el principal cuartel español en un primer momento hasta la construcción de las instalaciones de Marjayun, las relaciones o los intentos de acercamiento a la comunidad local han sido ciertamente desafortunados.

Esta falta de tacto es reprochada por la práctica totalidad de habitantes que pueblan las localidades que salpican esta zona montañosa, inestable y conflictiva. Castigada por un mes de una guerra desequilibrada y donde la guerrilla de Hizbulá goza de un gran respaldo político y social, el compromiso español en esta zona devastada es casi ridículo y más de cara a la galería.

Ante las crecientes críticas por la falta de sensibilidad de los primeros momentos, el contingente organizó en su día un tour por las principales localidades donde los españoles deben aplicar la confusa resolución 1701 del consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La mayoría de los alcaldes de estas pequeñas villas disculparon su ausencia muy educadamente cediendo el honor de las comitivas de recepción al equivalente a sus concejales de la limpieza de sus municipios, o en los mejores casos al líder espiritual de turno. En la desorganizada misión  española se encontraban desde diplomáticos hasta militares de alto rango, pero nada de esto motivó a los dirigentes locales, escépticos por ser suave en el relato de los hechos con la misión internacional.

A las pocas horas de su llegada a Taibe, los militares españoles tenían conocimiento de la celebración de un velatorio en las proximidades de su cuartel. En una de las primeras casas de la localidad, Snah Yehea recibía en su hogar a la práctica totalidad del pueblo. Su marido Hassan Kaleel había muerto horas antes intentando reparar el tejado de su vivienda. El techo de su casa se vino abajo al tratar de estabilizarlo tras ser castigado previamente por las bombas israelíes.

Snah, embarazada de un mes entonces, espera todavía el consuelo y apoyo español por lo que considera un asesinato más de esa guerra. Los mandos recién llegados tan sólo debían tomar uno de sus vehículos ligeros y conducir desde el campamento hasta la primera vivienda que se cruza al final del camino. Menos de cinco minutos.

Al funeral acudió todo el pueblo. El ejército español dejó pasar una oportunidad extraordinaria para mostrar su sensibilidad y preocupación por la situación de las gentes del lugar. También para dejarse ver. El desconocimiento de la existencia de este velatorio no sirve. Periodistas españoles pusieron en conocimiento de los oficiales de prensa este extremo. Durante horas, junto a decenas de paquetes de cigarrillos, mujeres y hombres se preguntan por separado “qué hacen los españoles aquí”. Las tropas no están en Líbano para ir a velatorios, pero sí para establecer una misión de estabilización y de ayuda humanitaria.

Los altos mandos recurren regularmente a la segunda responsabilidad, recordándola para salir del paso de preguntas incómodas de periodistas. También para restar importancia a las  inestabilidades habituales en las zonas de

despliegue, que Defensa entiende en España es mejor que no se conozcan. Nada de fotos con fusiles, pero sí de mujeres soldados repartiendo gominolas. 

Ese día, uno más, perdieron una ocasión de oro de acercarse a toda la población, mostrar su sensibilidad con los civiles, y dejar claro el motivo de su llegada subidos a blindados de color camuflaje. 

En la sala habilitada para los hombres, Hassan Nahle, de 41 años, se fuma su último cigarrillo relajado. La conversación acerca de la presencia española en el pueblo destapa algo que le afecta  y que desconocía. Su finca, según siempre su protesta, situada en la cercana colina de Kassaf, estaba ocupada por las tropas españolas. Nadie le ha avisado, tampoco han solicitado su autorización a la instalación allí de alambradas, tanques, blindados, soldados y tiendas de campaña. “Esta ocupación española es peor que la israelí”, denuncia atónito este vecino cuando ve el campamento. En el velatorio nadie niega la propiedad de las tierras a favor de un desorientado Hassan.

Conocedor de la presencia de forasteros en su finca, el hombre salió disparado en coche hasta sus terrenos donde comprobó atónito la ocupación. “Pregunte usted al gobierno del Líbano”, respondió un soldado español al perplejo Hassan cuando éste interrogó al militar de guardia, que custodiaba la entrada al acuartelamiento.

A Hassan se le acumulan las desgracias. Durante la guerra perdió por los bombardeos su tienda de ropa situada al sur de Beirut donde reside. Durante meses, los españoles ocuparon sus tierras de escaso valor, pero suyas al fin y al cabo. Pretendía arrendar para comida de ganado y cultivo de algunos alimentos básicos la propiedad. “Ya no quiero que me compren mis tierras, ni que me las alquilen. Esto es un atropello”.

La confusa y ambigua resolución 1701 ha llevado a las tropas españolas al Líbano. El principal problema radica en su aplicación y en las responsabilidades que implica a nuestros soldados. Mantener la estabilidad en la zona y evitar las hostilidades entre la guerrilla de Hizbulá e Israel parece un objetivo claramente identificable. Pero cómo aplicarlo provoca controversias, puesto que la misión española en Líbano no la tiene clara nadie. Según soldados desplazados las primeras semanas, aquellas patrullas iniciales que a diario recorrían las arenosas carreteras de la zona tenían órdenes claras de no mezclarse con la población femenina, no entrometerse en las maniobras del ejército libanés o la más sangrante: mirar a otro lado en el caso de cruzarse con una patrulla israelí de las que todavía operaba en  Líbano.

El acuerdo alcanzado por las partes para la puesta en marcha de esta misión de paz deja más o menos claro que es el ejército del Líbano el único autorizado al desarme de la guerrilla chií de Hizbulá. Es también el ejército libanés el primero en reconocer su incapacidad para llevar a cabo esta responsabilidad. Por ello, la falta de compromiso de toparse con milicianos  en algún control rutinario para desarmarlos, o la orden de mirar hacia otro lado caso de cruzarse con patrullas de Israel en incursiones por Líbano, resulta todavía más sangran,

Treinta días de guerra reciente deja las heridas aún abiertas y las cicatrices sin cerrar. Cada pequeño cementerio de cada humilde localidad esconde historias terribles, asesinatos sumarios o crímenes de guerra cometidos en la mayor de las impunidades.

En el campo santo de Taibe, cuatro lápidas con el apellido común Nasrala esperan que alguien les haga justicia. Ahmad, de 81 años, y su mujer Mossena, de 83 años, decidieron visitar su hogar tras diez días recluidos en casa de su vecino Sayd, donde las bombas parecían caer más lejos. Cuando llegaron  se encontraron su vivienda ocupada por una patrulla israelí, que la había tomado como cuartel.

Cuando Sayd acudió en su búsqueda al notar la tardanza se encontró a Mossena y su hijo Hussein, de 51 años, tumbados y en posición fetal, tirados y sin vida en medio del jardín. Nazha, la hija mayor del matrimonio, de 58 años, estaba muerta a las puertas de la casa. Un soldado desde la ventana del salón le había arrojado a bocajarro una granada sobre su cuerpo. Los restos de la explosión aún están sobre las losetas. Su padre Ahmad fue asesinado a sangre fría un instante después por un tirador que disparó desde la puerta principal. No contentos tras haber liquidado a dos peligrosos ancianos de más de ochenta años y sus dos hijos, con más de medio siglo cada uno, los soldados israelíes cortaron las manos de Ahmad por las muñecas y las arrojaron al jardín, siempre según el relato del anciano.

Cuando Sayd se topó con la escena temió por su vida. “Los soldados me amenazaron con terminar como la familia Nasrala si contaba algo de lo que había visto”.

Ali Nasrala todavía conserva la anilla de la granada que mató a su hermana. También los casquillos de bala que terminaron con su familia, y muestra con dolor las marcas dejadas en su casa familiar por los soldados aquellos días.

“No sé si a mi familia la asesinaron así porque se apellidaban Nasrala, igual que el líder absoluto de Hizbulá. Pero yo me pregunto a diario qué peligro podían representar para los soldados unos ancianos de más de ochenta años como mis padres, y mis dos hermanos”.

Ali esperó traumatizado que algún representante español se acercara para interesarse por este crimen de guerra cometido a escasos metros del cuartel donde se instalaron las tropas los primeros meses. El desentendimiento con lo ocurrido allí durante la guerra y el sufrimiento de la población civil no hace sino aumentar las dudas entre la población que se pregunta si los cascos azules han acudido al Líbano a proteger a la población de los bombardeos y de un castigo militar desproporcionado, o si lo hacen para salvaguardar a Israel de Hizbulá. Las gentes del lugar quieren saber si los soldados españoles se quitarán la venda de sus ojos y comenzarán a preocuparse por lo allí ocurrido y las verdaderas necesidades de la población.

La responsabilidad social de esa resolución 1701 parece estar olvidada por nuestras tropas, pero es la más necesitada por los libaneses. Desde el asesinato de varios soldados españoles en un ataque con una mina a su blindado, los carros parecen circular a mayor velocidad que antes. Un veterano reportero internacional español recordaba el apego de nuestros hombres a repartir galletas y ordenar el tráfico en las misiones internacionales a las que se desplazan. En Líbano parecen haberse terminado hasta los caramelos para los niños. Otro clásico.#

 

Etiquetas: Libano

1 respuesta hasta ahora ↓

  • 1 abel // May 20, 2008 a las 12:40 pm

    Esto es un comentario de prueba para el primer articulo del blog

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