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Viaje a la cárcel (vieja) de mujeres de Kabul*

Febrero 11th, 2011 · 2 Comentarios

Abel Ruiz de León Trespando. Kabul. Afganistán.

* NOTA DEL AUTOR. Hace algunos meses, el gobierno italiano financió la construcción de una nueva prisión para mujeres en Kabul, ya inaugurada. Las instalaciones son mucho más dignas, los delitos y circunstancias sociales de las prisioneras iguales que en Pul e Charje, la vieja cárcel ahora ocupada por varones en exclusividad. El autor hizo esta visita hace mucho, mucho tiempo. Pero casi nada ha cambiado…

En una manzana céntrica en la caótica Kabul se levanta ruinoso uno de sus edificios más siniestros. Los fantasmas de su pasado más cercano aún revolotean por sus patios y muros. El complejo carcelario de la ciudad es un nido de violaciones de los derechos humanos. En uno de sus edificios más insalubres se hacinan un puñado de mujeres. Reclusas de diferente origen con algo en común: todas ellas están encarceladas acusadas de cometer ‘delitos contra la familia’.

Media docena de soldados-policías del gobierno de Karzai reciben al visitante, apostados junto a una enorme y oxidada reja por la que se accede al complejo. En su interior diferentes edificios salpican el recinto. Departamentos ministeriales, despachos oficiales para multitud de funcionarios incompetentes. Edificios peinados por la metralla. El conjunto dibuja la estampa penitenciaria de un país asolado por más de veinte años de guerras.

El rincón más inhóspito es una pequeña galería compuesta por varias celdas destinadas a las mujeres. Paredes frías y húmedas abrigan a estas presas, en algunos casos también a sus hijos más pequeños.

Tras superar una zanja, una puerta de madera astillada da el alto al extraño. En su parte superior un cartel indica el acceso a zona restringida. Las escasas celdas son de paso limitado, sólo para féminas. Un reducido número de funcionarios pone orden entre la treintena de reclusas. El número cambia según la época.

La cabeza de Jamila asoma por un boquete de la puerta. La mujer es ahora la encargada de la galería. Antes fue presa de este inmundo lugar. La carcelera observa con celo, sabe que hay días más importantes que otros. Estamos ante uno de ellos. El presidente Karzai ha prometido el perdón para una veintena de estas mujeres. En contra de lo que pueda parecer, Afganistán es aún hoy un país sustentado en la familia, sus tradiciones y una sociedad arcaica. Pocos cambios se han experimentado tras la llegada al poder de este gobierno artificial de Karzai amamantado por Estados Unidos.

Según denuncia la asociación de Mujeres Revolucionarias de Afganistán, apenas se han suavizado las restricciones durante estos años. La mayoría de ellas continúan encarceladas en otra prisión de por vida llamada burka, un velo censor arraigado en el país mucho antes de la llegada de los talibanes. El gobierno actual, formado por señores de la guerra, hijos, hermanos y amigos del presidente apenas pueden romper los grilletes y cadenas que someten a las mujeres afganas, aún amordazadas.

Encaramadas a las ventanas y sujetas a las rejas, una veintena de ellas esperan el perdón ministerial. Muchas han convivido durante años en las celdas junto a sus hijos. Recogen sus escasas pertenencias. Amontonan en unas bolsas de trapo sus arrugados vestidos y convocan a sus hijos en un rincón de la celda, a la espera de recibir el visto bueno para su vuelta a la sociedad.

Impacientes y expectantes, algunas de ellas esperan junto a un muro en el diminuto patio de la prisión, único lugar del recreo para estas mujeres y sus pequeños. Desprovistas del burka, pero tapadas por unos coloridos velos lloran su espera hasta la llegada del ministro de Justicia y su permiso redentor.

La impaciencia se apodera de muchas de ellas. Su ansiedad las lleva a gritar exigiendo su liberación. Un puñado de presidiarias tratan de escapar del patio. Arrodilladas en el suelo tras correr unos metros rezan a Alá para que ponga fin a su calvario, también a los golpes de los policías por su pequeño motín. Sus caras descompuestas reflejan su sufrimiento. Después de unos segundos de desconcierto, los funcionarios, armados de viejos fusiles soviéticos, golpean a las mujeres rebeldes y las devuelven a la fuerza  a sus celdas. Asomadas desde un pequeño tragaluz gritan el nombre de su dios y exigen justicia al presidente afgano.

Sus hijos arrinconados observan la violencia con la que sus madres son devueltas a las celdas. Zarandeadas y golpeadas. Arrastradas hasta sus compartimentos sujetas por sus cabellos. Celdas de tres metros cuadrados, con una pequeña alfombrilla que las protege del frío de su suelo de barro.

Los delitos contra la familia aglutinan un buen número de comportamientos indignos, según las leyes afganas. Entre rejas conviven mujeres por razones tan dispares como pretender divorciarse de sus maridos, tener amantes, no atender las tareas del hogar o no querer suficientemente a sus parejas.

El regreso al poder de políticos cercanos a la Alianza del Norte devuelve a algunas mujeres recuerdos del pasado. “Ahora gobierna en la sombra Rabbani y los suyos, fundamentalistas reconvertidos en demócratas”, recuerdan desde Human Rights Watch. Durante este periodo, cercano aún en el tiempo y fresco en la memoria de las mujeres afganas, se cerraron hospitales y colegios, y se llamaron a las escuelas ‘puertas del infierno’, apunta un miembro de HRW.

En esa época anterior a los talibanes, informes de algunas de estas organizaciones femeninas reflejan claramente los repetidos abusos sexuales cometidos de forma sistemática por la Alianza sobre niñas, a partir de los 12 años, y hasta mujeres de 75. “Ahora algunos hombres se afeitan la barba, contadas mujeres se quitan el burka en Kabul -ahora alguna más- y se abren algunos cines en la ciudad, pero nada ha cambiado”, recuerda Soraia.

En el centro penitenciario la impaciencia se apodera de las reclusas. Finalmente, la orden ministerial llega hasta este mugriento rincón. Las mujeres beneficiadas por este perdón ministerial se colocan lentamente el burka. Mientras, Jamila, la carcelera inexpresiva que controla desde los turnos de comida, los permisos de visita o los horarios de trabajo de los funcionarios, se dispone a abrir la vieja puerta de madera. Ordenadamente y tras oír su nombre dejan atrás la que ha sido su residencia durante meses, incluso años.

Algunas son recibidas por sus familias en las mismas puertas de la prisión. Otras se enfrentan al abismo que supone el futuro más inmediato. Muchas serán rechazadas por sus familias, que les niegan un hogar en el que rehacer sus vidas. Por eso, a pesar de su libertad, varias deciden permanecer junto a algunos de sus hijos en el interior de la prisión.

… Como Waheada, a quien la suerte le ha dado la espalda en los últimos tiempos. Esta mujer tiene la libertad bajo el brazo pero no tiene donde ir. Su familia vive desde hace tiempo en Irán, donde huyeron por la llegada de los talibanes. La familia que aún tiene en la ciudad la rechaza. No quiere saber nada de ella por su condición de presidiaria. Lleva seis meses entre rejas. Por eso, de momento, ha decidido permanecer con el resto de compañeras que no gozan todavía del perdón ministerial.

Hace algún tiempo fue secuestrada, sacada por la fuerza de su casa ante la pasividad de sus familiares y posteriormente vendida. Waheada guarda silencio y baja la cabeza cuando le preguntan que explique cómo terminó con sus huesos en la cárcel. Jamila, la implacable carcelera, no pierde detalle de la breve conversación, como de las charlas con las otras doce reclusas que siguen entre barrotes. “La única posibilidad de Waheada es que un hombre venga y se la lleve para casarse”, dice.

Mehr Negar es algo mayor. Tiene 35 años y también es libre, pero de momento ha decidido continuar viviendo en la cárcel. Su hijo no se separa de ella. “Me gustaría volver a mi casa, pero mi familia no me deja”, apunta con voz baja y entrecortada. Un día se escapó del domicilio conyugal y aún no se lo perdonan. La falta de seguridad es el principal problema que se vive ahora en el país. Afganistán está bajo el poder de los señores de la guerra, traficantes de armas y de opio. Ex combatientes de la Alianza del Norte, guerrilla aliada de los Estados Unidos en su intento de derrocamiento del régimen fundamentalista de los talibanes. Salvo la capital, Kabul, con presencia importante de la misión de paz internacional, la inestabilidad está presente en toda la región, que sigue fiel a su principal forma de vida: la guerra.

La corrupción se apodera de las fuerzas del orden que patrullan las calles de las principales ciudades, también de la administración. La descomposición de los ministerios regresa al país como antes de la llegada de los integristas.

Zakia estaba un día en su casa junto a sus cuatro hijos. Una noche alguien atacó su hogar. Su marido asesinó al delincuente. Por eso él está en prisión también. Ella – afirma dolida-, oficialmente por ayudar a su marido. Dos de sus hijos viven hacinados en su diminuta celda. “No sé nada de mis otros dos pequeños, ni de mi marido”, denuncia esta mujer mientras se queja amargamente de no beneficiarse del perdón presidencial.

Zahraa sí tuvo más suerte, pero incomprensiblemente regresó entre rejas al poco tiempo. Está acusada de asesinato, aunque no quiere hablar de ello. Lleva nueve meses en prisión de sus 38 años de condena.

Las violaciones sexuales frecuentes, el hostigamiento público, la limitación de movimiento, la falta de libertad de expresión o la censura en la vestimenta están todavía a la orden del día. Los abusos sexuales son habituales.

Khatole no quiere decir el motivo real por el que se encuentra detenida. Su versión es que se escapó de casa. Esta es la primera respuesta de todas estas mujeres, muchas de ellas avergonzadas por la situación que viven, pero sobretodo por el rechazo social y de su entorno al que se ven sometidas. “Su crimen real es el asesinato”, aclara la impasible Jamila, poco después de alejarnos de la detenida.

Sólo lleva treinta y seis días en prisión. Madre de un niño, su drama familiar no sólo le salpica a ella. Tiene otros tres hermanos entre rejas. Todos están implicados en el suceso. Su primo quiso violarla. Ahora espera una decisión de la Corte Penal. Su familia, al contrario que la de la mayoría de mujeres, la apoya.

En la vida de Safia también hay un primo por el que terminó en la cárcel. A sus 24 años escapó de casa, situada en la provincia de Grhazmi. Se marchó una noche con él y ahora tienen la intención de casarse.

Cualquiera de los delitos cometidos por estas mujeres durante el anterior régimen las hubiera conducido a la lapidación y muerte en plena calle. Ahora sus vidas no corren peligro, pero sufren la desconsideración y el rechazo de toda la sociedad que las margina e ignora.

La presencia de los hijos de algunas de ellas entre barrotes hace más llevadera sus largas estancias sin libertad. Son varias las que están embarazadas y a la espera del alumbramiento entre rejas. Si una decisión de última hora no lo impide tendrán que dar a luz a sus pequeños en la frialdad de la celda, sin asistencia médica de ningún tipo.

Durante la dictadura integrista de los ‘Estudiantes de Teología (Talibanes)’, el principal problema era la falta de libertad de movimientos. Los problemas con el transporte obligaba a las mujeres a tener a sus hijos en sus casas, en condiciones lamentables de higiene. Actualmente, las facilidades para el movimiento son mayores, salvo, claro está, para estas mujeres retenidas entre barrotes.

En la galería femenina de la prisión de Kabul aún quedan mujeres dispuestas a contar su historia. El grupo de retenidas por supuestas infidelidades amorosas es también muy significativo. Son mujeres valientes que decidieron arriesgar todo por amor, en un marco social donde las consecuencias pueden ser dramáticas. Con voces frágiles y casi apagadas tratan de hacer públicas sus experiencias.

Los seis meses que Seeyahmoi lleva en la cárcel están resultando muy duros. En la actualidad está casada con otro hombre. El varón con quien contrajo matrimonio en primer lugar la buscó y encontró. Al denunciarla por un supuesto divorcio ilegal o separación acabó entre rejas. Ahora está embarazada, a punto de dar a luz y con un futuro incierto. “Mi mayor temor es tener que acabar viviendo con mi primer marido”, afirma la joven.

Sharifa también es muy joven. Se puede apreciar claramente es sus rasgos faciales, aún no demasiado castigados, y en la claridad de sus ojos. Se escapó de casa con 22 años, igual que Enseela, una de sus compañeras de celda, un par de años más joven. Las dos afrontan una sentencia similar de dos años de cárcel, y comparten dos maridos celosos que no dudaron en denunciarlas ante las autoridades.

Las infidelidades colapsan las celdas de la prisión. Naziya y Salima esperan salir pronto en libertad, porque a diferencia de sus otras dos compañeras sí tienen ya el perdón de sus familias, aunque ahora necesitan el más importante, una nueva orden que provenga directamente del ministerio.

En una esquina oscura de la última de las celdas permanece ausente Khayreia. A sus 17 años es una de las más jóvenes. Cada vez que se acerca un extraño se levanta del suelo como un rayo y se aleja para llorar en soledad su amargura. Está sentenciada a 15 años. Resulta imposible hablar con ella para conocer su historia. Un gesto de Jamila siempre vigilante confirma otro caso más de asesinato a un marido no deseado e impuesto.

Las escasas perspectivas de un futuro mejor llevan a estas mujeres a pensar en tomar actuaciones drásticas. Jamila coincide en nombre con el de su carcelera pero sus historias son bien diferentes. No se encuentra en prisión por motivos de trabajo. Escapó de casa con cuatro niños. Condenada e inconforme con la sentencia trató de suicidarse electrocutándose.

Mientras estas mujeres aguardan en una oscura celda, otra veintena comienza a luchar por rehacer sus vidas. Tal vez, algunas de ellas formen parte de los nuevos colectivos femeninos que pelean desde la semiclandestinidad por la igualdad real, la apertura de escuelas, y que fundan revistas sobre mujeres a la sombra del poder establecido. Otras se dirigen ya a esas poblaciones rurales de las que un día tuvieron que huir temerosas de la violencia que sufrían.

Embarazada, pobre y sin un lugar casi al que ir, Zibagul camina con su hijo Soma en brazos. Se aleja lentamente de la prisión. En el horizonte un país inhóspito, de paisajes lunares y formado por una sociedad anclada en el pasado.

Madre de siete hijos y de 43 años. La mujer está casada y pertenece a la etnia uzbeca. Ahora recupera su libertad, aunque sólo sea para poder mendigar.#


Etiquetas: Afganistán

2 respuestas hasta ahora ↓

  • 1 Diego Herrero // Feb 19, 2011 a las 1:14 pm

    Hola Abel,

    He leido tu articulo sobre las mujeres encarceladas en Kabul, ya te lo decia en Kurdistan y te lo confirmo ahora. Me gusta mucho como escribes…
    Que planes tienes?
    Poe cierto te confirmaron la recepción de las fotos?
    Un abrazo,
    DIEGO

  • 2 Alvaro GR // Feb 20, 2011 a las 7:41 pm

    Hola Abel:
    Que alegria tener noticias tuyas, despues de tanto tiempo. Estas por estas tierras o sigues peregrinando a la busqueda de esa magnifica informacion que nos regalas?
    Un abrazo.
    Alvaro

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