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Cómo ser pastún… y no morir en el intento

Abril 19th, 2010 · 1 Comentario

Abel Ruiz de León Trespando. Kabul. Afganistán.

Kabul vive una frenética metamorfosis en los últimos quince años. Los cambios sorprenden al más asiduo de los viajeros. La ciudad es un escenario de faraónicos pilares de hormigón, organizaciones internacionales y desplazados llegados desde los puntos más dispares del país. Sus montañas se llenan de barrios de forasteros que huyen de la guerra, pero también de la rivalidad tribal. Buscan subsistir, pero carecen de proyectos de vida.

 

En sus calles delirantes coinciden afganos de las diversas etnias del Estado, aunque conviven difícilmente. La vida no es sencilla en la capital. La sociedad reconquista muy poco a poco algunas de las libertades más básicas, cierto. Pero con la misma naturalidad pierde otras, tan importantes como las recientemente rescatadas para un pueblo cansado hasta el hartazgo de décadas de guerras.

 

En Kart-e-Paryan, un pequeño campo de refugiados improvisado en la zona norte de Kabul, casi un centenar de familias de la etnia pastún malviven entre paredes de barro y trapos que hacen las veces de tejados improvisados, pero con vocación de perdurar. El área sufre una considerable expansión urbanística desde que los talibán abandonaron el poder. Las viviendas nobles y los edificios altos de oficinas y comercios ensombrecen al poblado. Una familia tayiko de fortuna esquiva y un puñado de kuchis – una peculiar y colorida tribu nómada afgana – comparten barro, charcos de aguas residuales y basura inmunda con el resto de vecinos, pertenecientes a la etnia mayoritaria de Afganistán.

 

Casi el cuarenta por ciento de la población afgana pertenece a la comunidad pastún, vinculada con cierto desprecio y ánimo de revancha a los integristas islámicos, temida hasta la expulsión de Kabul de los talibán y ahora ninguneada por las autoridades del país, quienes favorecen claramente con el reparto y gestión de las ayudas internacionales a otras etnias -tayikos, uzbecos y hazaras, principalmente-, que sustentan su poder actual.

 

Qalzamin cava una vez más una zanja a la entrada del poblado. Sus casi sesenta años de edad no le impiden elevar con gentileza el pico con el que trabaja, ni dejarlo caer con violencia sobre el barro, esta mañana menos seco que de costumbre debido a las últimas lluvias. Esposado con dos mujeres y padre de cuatro hijos pequeños, hace tiempo perdió la cuenta del número de veces que repitió la misma operación, después de tres años de supervivencia en el lugar. El vicepresidente Qasim Fahim reside en una casa lujosa a escasos metros del asentamiento de desplazados de Kart-e-Paryan, donde los muros frágiles de sus viviendas ofrecen una visión de campo de refugiados espontáneo en medio de la ciudad, muy similar al de un castro celta. Las fugas de agua se suceden a diario desde la casa del político, empapando las paredes de sus vecinos más miserables, y también calando en ellos su rencor hacia la actual clase dirigente del país.

 

“Nunca piensan en nosotros”, denuncia Qalzamin así al ejecutivo afgano formado por el resto de minorías, y que ahora pasa factura y ajusta cuentas con los islamistas – pastunes, principalmente-, sus eternos enemigos en años de contiendas armadas. “Sólo tratan de favorecer a las etnias a las que pertenecen, nunca al conjunto de ciudadanos”.

 

Un día, Qalzamin tuvo que huir del pequeño pueblo de No Abad, en la región de Kapisa, al norte de Afganistán y muy cerca de Bagram. Atrás dejó su empleo, una casa arrasada por la obstinación de sus vecinos tayikos y su pequeña finca expoliada.

 

“Aquí las tribus tienen problemas unas con otras, y son incapaces de resolverlos”, se lamenta. “Muchos años después continúan luchando entre sí, sin ser diestros para aprender de su pasado”.

 

Los valles y montañas rocosas y áridas en Kapisa están ocupadas principalmente por la etnia tayiko. Qalzamin y su familia pusieron a salvo sus vidas huyendo con lo puesto a Kabul, aliviados de pesos banales, y vinculados por sus vecinos desconfiados al movimiento talibán. Su delito era ser pastunes.

 

Paradojas de este rincón del mundo olvidado durante décadas, Qalzamin combatió a los soviéticos junto a sus vecinos tayikos y a las órdenes del general Masood, ‘el León del Panshir’, algunos años antes de su éxodo forzado.

 

Desde 1978, fecha en la que Mohamed Taraki accedió al poder gracias a un golpe de estado, la influencia comunista se extendió hasta el último rincón de Afganistán. Asesinado un año después, su sucesor, Hafizullah Amín, se mostró incompetente para controlar a las diferentes sensibilidades. Esa incapacidad para mantener el orden obligó a Moscú a intervenir y a proteger a los golpistas de Babrak Karmal. Qalzamin se vio envuelto en esa guerra contra los invasores soviéticos, luchando junto a otra etnia, pero defendiendo intereses comunes.

 

La retirada soviética en 1989 provocó el abandono del país del presidente Najibulá, en el poder hasta el año 92, gracias aún a la influencia comunista. Aquellas guerrillas multiétnicas afganas formaron una gran coalición de gobierno primero, pero pronto se enfrentaron entre sí, sembrando Afganistán de corrupción, muerte y violaciones de los derechos universales más básicos.

 

Aquel despropósito alimentó el nacimiento del movimiento talibán en 1994. Dos años después, los ‘estudiantes de teología’ y sus aliados pastunes tomaron Kabul y el mando en el país. Impusieron la ‘sharia’, expulsaron a la mujer de la vida pública y aplicaron la ‘pudra’, la reclusión femenina.

 

Para entonces, Qalzamin ya había puesto tierra de por medio con el régimen integrista y con las doctrinas del Mulá Omar: un tipo tuerto, que ajustició a Najibulá nada más conquistar Kabul, colgando al ex presidente de una torre desde donde se ordena el tráfico, hoy más endemoniado y perturbador en la ciudad que nunca.

 

Emigrante en Paquistán junto a su familia, Qalzamin se refugió con los suyos en el campo de Babo.

 

“Los talibán me obligaron a regresar a casa, pero ya nunca más cogí un arma”, puntualiza.

 

La familia vivía con cierto desahogo en la pequeña población de No Abad. Su padre tenía varias tiendas y propiedades en el pueblo, y una posición acomodada. Todo aquello se esfumó. También la reconstrucción equitativa del país.

 

La comunidad pastún espera un reparto equilibrado de la ayuda humanitaria y al desarrollo procedente del extranjero. Mientras, confían en que los líderes internacionales visiten algo más que el palacio presidencial de Hamid Karzai, para concienciarse verdaderamente de la realidad de Afganistán.

 

Hasta que llegue ese día, Qalzamin y todos los desplazados de Kart-e-Paryan soportarán pacientes hasta que alguien cierre el caudal de agua que, casi a diario, inunda las casas humildes del campo de refugiados, y que procede de algunas de las viviendas más pudientes de Kabul. Entretanto, esperarán  resignados hasta que sus políticos abran el grifo de las ayudas, igual que hacen con las etnias uzbeka, tayiko y hazara, y que les perpetúan en el poder… con la complacencia norteamericana. #

Etiquetas: Afganistán

1 respuesta hasta ahora ↓

  • 1 Manuel Bellido // Abr 23, 2010 a las 11:48 am

    Abel excelente , e intraquilizador, artículo. Es evidente que por debajo de lo que sale en los noticiarios hay una mayoría que malvive. Desde luego así Afganistán no tiene solución. Manolo

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