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Cinco días y cuatro noches en Gambia… detenido

Noviembre 15th, 2009 · 9 Comentarios

Por Abel Ruiz de León Trespando. Banjul. Gambia.

En el muelle de Banjul, una barraca esconde a diario las esperanzas de decenas de africanos occidentales, ansiosos por alcanzar el Magreb o alguna villa costera del continente más racial y vital de todos. En estas tierras, cada pueblecito de mar sirve de lanzadera hacia una vida mejor, pero engañosa.

La desembocadura del río Gambia representa una puerta de entrada que permite dar el salto a Europa a parias llegados desde todos los confines. Africanos de comportamientos primitivos en muchos casos, y de carácter generalmente indomable. Un ferry cruza a diario estas agitadas aguas de forma incansable.

Vigilantes con celo enfermizo verifican el paso de cada transeúnte. Sus uniformes color caqui se dejan sentir en cada esquina. El frenético embarcadero acoge también a mucho camuflado bajo ropas desaliñadas y sandalias de plástico, al servicio de uno de los gobiernos más sui géneris e implacables de África.

A lo lejos, aún la creencia de encontrar un mundo mejor. Más pacífico, más democrático y menos corrupto. Tierra de oportunidades venida a menos. Decadencia que no escapa a las ilusiones de miles de africanos que prefieren ahora sobrevivir en sus hábitats familiares, antes que emprender la peligrosa aventura de cruzar el océano en barcazas de pescadores.

Dentro de la caseta, en un lateral del habitáculo gestionado por los agentes de inmigración, una puerta blanca y metálica separa a un joven expatriado del frenético entrar y salir de gente que colapsa la precaria oficina. El portón está coronado por una pequeña ventanilla de un palmo de ancho y alto, enrejado como una celda.

La tez oscura del detenido apenas se adivina tras el boquete del tragaluz. Detrás de los barrotes se auguran dos labios temblorosos. Resaltando en la oscuridad del lugar sus ojos rojizos, empapados en lágrimas.

Pasados unos instantes de una recién estrenada libertad, África me compensa con una de sus extraordinarias paradojas, aunque cruel.

- “¿Puedo tomar mis cámaras para hacer algunas fotografías?”, pregunto sin demasiado ánimo de encontrar una respuesta positiva.

- “¿Quién te crees que eres, Toubab?”, contesta el agente de inmigración que me escolta.

Desde hace unos minutos, un individuo me acompaña para asegurarse de que abandono el país nada más acabar mi cautiverio. Sin tiempo para despedidas o fotos de recuerdo. Acabo de ser expulsado a cambio de la libertad.

Después de cinco días y cuatro noches detenido en la sede de los Servicios de Inteligencia de Gambia resulta asombrosamente fácil mimetizarse en la piel de ese chico, encerrado como un pájaro en una jaula. Abandonado e incomunicado. Resignado a su suerte. Huérfano de cualquier defensa legal.

El recinto de los Servicios de Inteligencia de este pequeño país es un lugar sórdido en algunos de sus rincones, decadente en casi todos. Un arco de medio punto rotulado da la bienvenida a sus inquilinos ocasionales y trabajadores. El luminoso está fundido. En su interior se puede leer: “The Gambia Produce Marketing Board”. Al otro lado del portón verde, frente a la Corte Suprema, un perímetro amurallado, salpicado de edificios temblorosos y celdas de castigo oscuras, esparcidas por las instalaciones sin aparente orden.

No hace falta cometer ningún delito para terminar durante días en el limbo legal que representan estas instalaciones policiales.

Junto a la entrada hay una sala de espera. Unas pocas butacas tipo aeropuerto forman un semicírculo en la habitación. Sobre su moqueta llena de mugre, acompañados de insectos y polvo tratan de dormir todos los detenidos. A media noche, cuando asoman los primeros rayos de sol, todos son trasladados a un almacén continuo. Seis metros cuadrados de habitación – despensa, por donde una ventana deja escapar la vista hacia el patio, que hace las veces de aparcamiento para los trabajadores del centro. Al otro lado un retrete ducha, donde la roña e inmundicia no permiten sobrevivir ni al más harapiento parásito.

La habitación – despensa acoge a los detenidos durante los ratos que no están respondiendo interminables y agotadores interrogatorios. En la sala se pasan buena parte de las horas del día, hasta que los jefes finalizan su jornada laboral. Entonces, los reos pueden disfrutar del aparcamiento como patio de recreo durante un par de horas.

Abrigados a las paredes del almacén se comparten granos de arroz dentro de una misma fuente indecente. Conviven manos negras y palmas pálidas de desconocidos. Hambrientos e incrédulos por la situación de vacío legal en la que se encuentran. Sin visitas de abogados, sin llamadas consulares. Sin asesoramiento. Únicamente soledad y desprotección.

Así, día tras día. Sobrellevando como pueden la presión de interrogatorios con continuas preguntas solapadas unas sobre otras, donde no importan las respuestas. Las amenazas veladas y las infracciones e incumplimientos de los derechos más básicos parecen justificados.

Cuando se recupera la libertad tras días de angustioso cautiverio, resulta natural telefonear a los seres queridos. Subido en un ferry, rumbo a Senegal, la voz de una madre octogenaria no suena a reproche tras días de incomunicación:

“¡Hijo, qué poco te acuerdas de tus padres, con lo mayores que somos!”.

Al otro lado de la línea se adivina hastío por años de viajes y largas esperas, muchas veces sin recompensa ni finales felices.

Una pesadilla de cinco días y cuatro noches acaba de finalizar. Mama África ha vuelto a dar una bofetada de humildad y realismo a uno de sus osados visitantes. Tierra de desbordante riqueza, pero pobre tantas veces de humanidad. #

Etiquetas: Gambia

9 respuestas hasta ahora ↓

  • 1 Pedro Millan // Nov 16, 2009 a las 5:14 pm

    A veces, la realidad nos hace valorar lo que tenemos y uno se siente afortunado de haber nacido en el primer mundo

  • 2 Esme // Nov 16, 2009 a las 9:34 pm

    Afortunadamente hay gente como tu que nos puede abrir los ojos, siíque merece la pena.
    No te rindas

  • 3 Marta Isabel García // Nov 17, 2009 a las 11:50 am

    Después de siglos y siglos de luchas, de pactos, de filosofía,… desgraciadamente, el hombre continúa siendo un lobo para el hombre. Y con tus artículos, Abel, te encargas de demostrárnoslo constantemente. A ver si, de una vez, la conciencia humana entrara en razón.
    Enhorabuena por tu trabajo y mucho ánimo.

  • 4 Pablo Ramirez // Nov 17, 2009 a las 11:18 pm

    Esta vez no estuve contigo …pero te espero a la vuelta… que es lo mejor del viaje y me cuentas.
    Abrazos amigo.

  • 5 Laura G de Salazar // Nov 18, 2009 a las 9:35 pm

    Esa es la foto de África, la real. La que tu has hecho y muestra que la vida tiene un valor diferente en África.
    Y sin embargo hay tanta gente que ha estado allí siguiendo el reclamo de las ” idílicas y aventureras vacaciones en Gambia” empaquetadas y promocionadas en estos ultimos años para conseguir algunos ingresos…

    Menos mal que nos prestas tu mirada y nos haces salir de los oasis envueltos en papel de regalo y menos mal que estas de vuelta y bien para contarlo!!

    Muchos besos

  • 6 Diego Caballo // Nov 20, 2009 a las 11:13 am

    Querido Abel, hace mucha falta gente como tú en este viejo oficio, tan bello y tan peligroso. Magnífico artículo. Magníficas tus fotos. No dejes de sorprendernos.

  • 7 Fernando Ávila // Nov 20, 2009 a las 11:37 am

    Pues,como dice Pablo, yo quiero escuchar más y en primera persona.
    Tu relato me trae muchos recuerdos,agridulces,pero siempre interesante.

    Un abrazo fuerte.

  • 8 Carlos G. M. // Nov 28, 2009 a las 8:14 pm

    Pone la piel de gallina… Muchas gracias por acercarme a una realidad que dudo pudiera “ver” de otra forma.

    Ahora solo queda esperar pacientemente hasta el proximo articulo.

  • 9 Manuel Bellido // Dic 8, 2009 a las 2:19 pm

    Estimado Abel:
    Desde luego es un excelente artículo. Se ve que en él has puesto todo tu corazón y tu amor por África. Me imagino que tu madre octogeriana no sabe nada de tu cautiverio. No te procupes que seré una tumba.
    Un abrazo

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